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Sin duda, una de las aficiones más extendidas en Jaén es salir de tapas o a tomar unas cañas, según se quiera decir. Es tal la veneración que se le tiene que muchos lo consideran como una cultura, no exenta de sus rituales y de sus lógicas escenificaciones y normas. 


¿Qué es una tapa? · Nuestra Cerveza· Vino· Cuándo Tapeamos · Algunas normas · Tapas Frías · Tapas Calientes · Las raciones

Lo que más sorprende el forastero cuando llega a Jaén no es tanto esta afición gastronómica, común en multitud de lugares de España y especialmente en Andalucía, sino que la tapa, una pequeña porción de comida con la que se acompaña a un aperitivo, no se paga aparte: se adjunta graciosamente al mismo. Es decir, está incluida en el precio de la caña o del chato de vino, como ocurre en muchos otros lugares de la provincia, en Granada o en Almería.

La tapa suele acompañar normalmente a una caña de cerveza. Frente a otros sitios, donde se sirven tubos o jarras, en Jaén se le tiene especial apego a este formato de vaso pequeño, de tan sólo 180 ml, que cuando hace calor y es la primera sólo aguanta dos sorbos, pero que permite que la cerveza circule con mayor celeridad y nunca pierda su indispensable punto de frío. También, y es costumbre extendida en numerosas tabernas, suele consumirse el quinto de cerveza o botellín de 20 cl. Los hay quienes los prefieren porque sí, pero también los tempraneros lo toman para evitar así las primeras cañas que tira el barril en el día y que suelen tomar algo de sabor a ácido. En Jaén, la cerveza más consumida es El Alcázar, una marca de Cruz Campo que ha conservado sus señas de identidad locales y que cuenta con todo el aprecio de su clientela. Para la cerveza de barril, El Alcázar utiliza la modalidad Premium, mientras que para la de botella usa la Pielsen. Lo cierto es que es una cerveza rubia de gran calidad, y que cuando el barril está bien pinchado y alcanza su temperatura justa, se convierte en una auténtica ambrosía.

Pero no es la cerveza la única reina del tapeo. Como es obvio, el vino ocupa también un importante lugar. En Jaén se chatea habitualmente con vino de Valdepeñas, un vino de mesa que no suele ser malo para tratarse de uno de mesa. En algunos sitios también es posible encontrar vino de Torreperogil, un producto más de la tierra. Se toma sólo, en chato o vaso pequeño, o regado con un poco de gaseosa o sifón. También se toma como tinto de verano, habitualmente con hielo, una rodajita de limón y casera, habitualmente blanca. Hay una variable tradicional, el valgas, que añade un chorreoncito de vermouth rojo.

También son habituales los finos, imponiéndose en los últimos años la manzanilla. Lo cierto es que en tiempos tuvieron también predicamento los amontillados, pero hoy por hoy han perdido mucho terreno frente a los caldos de Jerez.

Por último, y el algunas tabernas sólo, se sirven vermouth caseros o de granel, generalmente procedentes de Montilla, que cuentan con su cuota de mercado, modesta, pero sin duda fiel.

Pues bien: todas y cada una de estas bebidas cuentan en Jaén con la compañía ineludible de un platillo en el que descansa la tapa.

Momentos para tapear.

Hay dos momentos al día en los que se tapea. Coinciden normalmente con ese rato inmediatamente anterior al almuerzo y con las cenas. Más de un día es posible que uno se dé por almorzado con una sesión intensiva de tapas, aunque lo normal es que después de dos, tres, cuatro o cinco cañas, cada uno tiene su medida, aunque casi nunca una sola, uno se vaya a su casa a comer. Si se tapea por las noches, sí es más frecuente solapar la cena con estos pequeños menús.

Aunque como es lógico existen zonas más típicas donde tomar unas cañas, realmente en cada barrio, casi cada calle de Jaén, existen bares, tabernas o cafeterías donde disfrutar de esta tradición. Así, al salir del trabajo o al llegar a casa, siempre sale algún establecimiento al encuentro. Y es posible que en la calle más recóndita se encuentre uno con un pequeño paraíso terrenal donde disfrutar de una caña y de un suculento platillo.

En cualquier caso, la gente de Jaén es amiga de las parroquias y por tanto, acostumbran a frecuentar los mismos cenáculos en busca, además de una calidad ya testada, el encuentro casual en mayor o menor medida de su grupo de conocidos que en ese lugar se concitan.

No es que existan leyes inmutables en el mundo de la tapa, pero sí existen ciertas tradiciones. Determinadas normas que, si se es forastero, es conveniente conocer para disfrutar de una costumbre ciertamente hacedora de momentos y barrigas felices.

En primer lugar, la tapa suele ser discrecionalidad del camarero. Es decir, no es el cliente el que elige, sino el camarero el que administra entre las variedades de las que dispone. Obviamente, existen excepciones. Incluso es frecuente que el camarero acepte de buen grado sugerencias. Pero no debe de sorprenderse de que le caiga un triste plato de cacahuetes mientras tal vez en la esquina estén degustando gambas al pil-pil. En ese caso, le ha caído un camarero malaje: no se haga mala sangre: no intente buscar razonamientos lógicos, pague, no deje propina, eso sí, y cambie de bar

Otra norma es no repetir la tapa, por lo menos hasta que no se acabe con el repertorio de tapas disponible. Si el camarero le vuelve a servir un aliño de patatas, pues con la mayor tranquilidad refiérale que ya lo puso antes y, normalmente, se la cambiarán sin mayor problema.

Muchos tipos de tapa.

Hacer una clasificación de la tapa sería una tarea no exenta de lagunas e imprecisiones. Lo cierto es que la fantasía de cocineros y cocineras no conoce límite y que cada establecimiento termina por adoptar unas que terminan por caracterizarlo.

En primer lugar habría que decir que una buena tapa no tiene por qué ser sinónimo necesariamente de una tapa abundante. En una tapa se debe de apreciar sobre todo la sencillez y la calidad, por encima algunas veces de la cantidad. Es posible encontrar más deleite en un trozo de pan alfacal empapado en aceite virgen de oliva, ensartado en compañía de un trocito de lomo de bacalao y de rábano, que en una fuente de fritanga, por muy gamba rebozada ultracongelada de que se trate.

Hecha esta precisión, cabría hacer una primera distinción entre tapas frías y calientes.

La tapa fría suele ser la reina del verano, cuando las altas temperaturas que alcanza el termómetro nos machacan despiadadamente. También suele haber un surtido de las mismas durante todo el año, bien para los tempraneros o para los recalcitrantes, que persisten en el tapeo una vez agotado el horario de la cocina.

Una tapa fría son unas aceitunas, sobre todo si son de cornezuelo y el aliño es casero: ese día puede ser dichoso. Pero existen tapas mucho más elaboradas, relacionadas con la cocina tradicional de Jaén: la ensalada de patatas cocidas aliñadas; el aliño de tomate y atún; el picadillo de tomate, servido en pan frito; la ensaladilla rusa; las patatas cocidas con ali-oli; unas banderillas picantonas; una ensaladilla de pimientos; unas berenjenas o unos boquerones en vinagre; unas gambas cocidas, incluso un langostino en según qué sitios. Están desde luego las tapas al corte, que pueden alcanzar excelentes cotas de calidad: el jamón, el queso manchego, unos taquitos de mojama, embutidos serranos, patés, el salchichón de sendra; a veces, unos filetitos de tocino crudo en salazón... Por último, las conservas, sobre todo el atún, la caballa y la melva.

Pero en Jaén existe gran predilección por las tapas calientes. Insistimos en la dificultad de hacer una clasificación completa, pero básicamente nos podríamos referir a las tapas de cazuela, las de plancha, los fritos y las de microondas.


"No es que existan leyes inmutables en el mundo de la tapa, pero sí existen ciertas tradiciones." 


De las primeras en Jaén existe, sobre todo en invierno, devoción por los arroces y las migas. No son fáciles de encontrar e incluso hay bares que sólo los preparan algunos días de la semana. Se estilan también la muy meridional carne con tomate, la sangre de cerdo "aliñá" y frita, los callos...

Es mucha la afición a la plancha en Jaén. En los bares donde hay, se estilan las tapas limpias, aromatizadas con un chorrito de aceite de oliva y sazonadas con sal gruesa. Tapas de plancha de "categoría" son las gambas, los filetes de pescado, los caballitos o montaditos de lomo con una pizca de limón, la morcilla y el chorizo, la panceta o tocino, los huevos de codorniz que se acompañan de un trocito de pan y una lonchita de jamón, las sardinas...

En cualquier caso, las frituras gozan de un enorme espacio tal vez debido a sus ventajas tácticas y técnicas. Existen tapas fritas de indudable entidad. Pero, para qué engañarnos, es aquí donde se perpetran las mayores atrocidades contra la tapa, esencialmente por la calidad de los alimentos, la afición por los rebozados desmedidos y por el uso de aceites de mala calidad. Pese a ello, se puede tapear muy a gusto con los fritos. Frecuentes son los boquerones; las blanquillas y las criadillas; las croquetas caseras; la masa de chorizo o de morcilla; las patatas fritas con alioli o bravas; el choto o carne de cabritillo; el lomo de cerdo al ajillo o cocido al jerez; las patatas rellenas de carne y bañadas en tomate frito; los colines; las gambas al ajillo; las berenjenas rebozadas, a los que se les llama también filetes de huerta; los aros de cebolla; los calamares...

Lo de la tapa de microondas no es broma. No nos referimos al recalentón del plato previamente cocinado para que adquiera la temperatura idónea. Tampoco a esos estupendos platos que tan buena pinta tienen y que yo, la verdad, sólo he visto en los libretos de recetas de los microondas. Nos referimos a tapas que uno integraría en la categoría de las tapas de plancha y que pasan por buenas una vez que visitan este utensilio. Así, se encuentra uno con lonchas de lomo adobado, salchichas cubiertas de ketchup o demás embutido industrial cocidas con pan y todo. Por suerte, es una moda cada vez más en desuso. No es que yo objete de tan revolucionario aparato, pero desde luego, le aconsejo que lo abomine si no se utiliza adecuadamente.

Y si queda con hambre...

Pensará usted que con este catálogo de platillos uno queda comido a poco que tome cinco o seis cañitas al medio día. La verdad es que puede ser que sí. Pero si no quiere quedar algo tocado por los efectos del alcohol o quiere seguir la sobremesa con licores espiritosos de más enjuncia alcohólica a veces se hace necesario acompañar el tapeo de alguna ración. Las raciones son platos más sustanciosos y en todos los bares existe una carta. Clásicos son el jamón y el queso. Otra categoría son las tapas grandes, que recuerdan las sevillanas o las cordobesas: así, en casi todas los bares es posible encontrar el flamenquín; el sanjacobo; el recluta, muy típico de Jaén, un bollito de plan frito y frotado con ajo, en el que se introduce una rodaja de tomate salpimentada y un filete de anchoa; el caballito de lomo, del que ya hemos hablado, ahora en tamaño más amplio. En cuanto a las carnes, pues el lomo al jerez o al ajillo o el choto, de los que también hemos hablado; el solomillo... No es que haya mucha variedad en pescados y en mariscos, pero siempre es posible encontrar alguno en muy buenas condiciones.

En definitiva, tapear en Jaén es una tarea suculenta, inconcebible si no se hace en buena compañía, con disposición a parar el tiempo y para hilar las más variadas conversaciones. Por lo que a mí respecta, he de decirles que he disfrutado de inolvidables momentos y que escribir sobre ello no sólo me ha retraído a ellos, sino que me ha abierto el apetito. Así que esta misma noche no perderé la ocasión para tomar unas cañas con sus boquerones, unas aceitunas y unos alones de pollo, que me ha dado el antojo. Si a ustedes les tienta algo parecido por Jaén, buen provecho.

 

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