El rey de la pantalla
Hay películas de las que nunca deberían hacerse un remake. Es un
mandamiento del séptimo arte… La Guerra de las Galaxias, El Padrino, Casablanca, etc. Son cintas que nunca mueren, que permanecen impolutas tras el paso del
tiempo tras el cristal de una vitrina de plata. Sin embargo, a veces ocurre que llega un lunático con agallas y un mazo enorme, rompe ese cristal y profana la
cinta para hacerla a su imagen y semejanza. La mayoría de las veces es un desastre y el pecador paga tal hazaña con la más dura de las críticas y escasa
taquilla (léase el genial Tim Burton y su versión de lo simios). Pero este no es el caso… Peter Jackson, a quien viéramos rodeado de elfos, hobbits y enanos por
la Tierra Media ha logrado lo que casi nadie consigue: ha resucitado al mono gigante más amado del cine.
Cierto es que el King Kong de Jackson carece de la sorpresa de la cinta de
1933, y que desde aquellos años hasta ahora, la era digital y los ordenadores han mermado nuestra capacidad de asombro. También es innegable que el film es,
quizá, demasiado largo y que el director abusa de las escenas en cámara lenta. Tachado todo esto, la película de Peter Jackson es gloriosa, magnifica y sobre
todo muy entretenida. Cualidad indispensable para una película que debe marcar época.
El King Kong de 2005 es un claro homenaje al original. Ambientada en los
años 30 y con una estética que inspira toda la nostalgia de aquella época, narra la misma historia si bien con un enfoque más humano y menos monstruoso de la
bestia. Esta es capaz de enseñar un lado salvaje y animal, pero también parece mostrarse tierno, protector, celoso e incluso ofendido. Todo esto unido al
realismo que nos ofrece la pantalla verde y la captura de movimiento consigue que nos sintamos viviendo la misma aventura que sus protagonistas.
Otro tema importante, hablando de ello. La interpretación es, sinceramente
muy buena, nada exagerada y con ritmo. Claro está que nos referimos a tres actores de altura, Adrien Brody (El Pianista), Naomi Watts (La Señal) y Jack Black
(Escuela de Rock). Todos clavan su papel y quizá una de las diferencias con el guión de la original es que la historia de amor de los dos actores principales
queda en un segundo plano frente al idilio de la chica y el mono gigante. Jackson se basa así más en el relato que inspirara la versión original: La Bella y La
Bestia.
Así pues, estamos ante una película que nadie se puede perder, una
película en la que todos saldremos llenos de satisfacción y fascinación de la sala y sobre todo con el buen sabor de boca de saber que si se quiere se pueden
hacer buenas películas, incluso viniendo de Hollywood y siendo versiones de otras anteriores. Sólo se necesitan ganas, talento y espíritu cinéfilo. Estamos ante
una cinta gigante en todos los sentidos. Disfrútenla.
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