El
papel defensivo que la ciudad ha
jugado a lo largo de la Historia ha
dejado una profunda huella en la
ciudad, fundamentalmente en su
orografía de cuestas y ramblas,
pero también en su castillo, que la
preside y le otorga buena parte de
su personalidad, y de sus murallas,
de las que aún quedan algunos
restos visibles.
En
cuanto al Castillo
de Santa Catalina, en el que
hoy se sitúa un centro de
interpretación, debemos comentar
que ha sido profundamente restaurado
y que del original aún se conserva
la Torre Albarrada, en el extremo
del recinto desde donde se vigilaban
los caminos a Granada y que está
orientada hacia La Meca.
La
muralla
es de origen árabe. Arrancaba del
castillo y bajaba por el monte
rodeando la ciudad. Los cristianos
la reforzaron y ampliaron. Después
de su función defensiva, mantuvo
una función fiscal, pues en sus puertas
y portillos se cobraban los
impuestos sobre las mercancías que
entraban y salían de la ciudad.
La
muralla ha ido desapareciendo en el
casco de la ciudad, derribándose
gran parte o transformándose,
quedando encerrada como muro
medianero entre construcciones, con
torres convertidas en azoteas, etc.
Los
restos más visible del circuito son
el torreón del Conde de Torralba,
en la carrera de Jesús, algún
lienzo en el Caño del Agua, y dos
cubos que se alzan en la que fue
Puerta de San Sebastián y Arco de
los Dolores, en la Carrera de
Jesús. Queda también un torreón
en la Carretera de Córdoba y
algunos restos de puertas y
portillos, como la Puerta del
Ángel.
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