La
ciudad es el dibujo de sus calles y edificios,
pero la textura y el color los aportan las
gentes que viven en ella.
Entre la
gente de Jaén es común pensar que adolecen
de rasgos significativos de carácter propio,
hasta el punto de que en alguna ocasión se ha
negado su condición de andaluces.
Pero no es
cierto.
El carácter
de los jiennenses es tal vez más interior que
la de los andaluces del bajo Guadalquivir. Sus
costumbres son sencillas, con profundas
raíces en otras formas de vida que poco a
poco van desapareciendo. Ecos campesinos, que
vinculaban sus actividades cotidianas a los
ciclos de las estaciones y de las cosechas y
que concentran en el otoño y en el invierno
sus principales momentos.
El jiennense
se tiene a sí mismo como de carácter
sencillo y acogedor. Se vuelca con sus
visitantes y les brinda lo mejor de su casa.
De ahí que el tópico hable de que quien
entra en Jaén a disgusto, sale de aquí con
lágrimas en los ojos.
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