Aprovechando la repesca de películas que hace el cine de verano, he querido ver la última de los Coen, que se me escapó en su momento. Los responsables de títulos tan dispares como Muerte entre las flores o El gran Lebowsky han realizado un film muy en la línea de sus anteriores trabajos aunque distinto en algunos sentidos.
Tiene un ritmo lento, al igual que Quemar después de leer o No es país para viejos. Aunque este segundo título no tiene ni una pizca de humor (esto es subjetivo, el papel de Javier Bardem me parece tan fuera de lo común que había momentos desternillantes si se entiende como humor muy negro). El primer título si que se acercaba a un tipo de humor basado en unos personajes que se toman demasiado en serio lo que ocurre, aunque sea absurdo. Esto, mezclado con el ritmo lento que acompaña, y situaciones a veces cotidianas, a veces, disparatadas, pero como digo, con personajes que se toman en serio todo lo que ocurre.
Aquí ocurre algo parecido. Los Coen se sirven de una comunidad judia americana y del año 1967 para contar la historia de Larry Gopnik, un profesor de matemáticas que intenta hacer siempre las cosas bien, pero su entorno comienza a desmoronarse poco a poco. Él ante esta situación, trata de seguir haciendo lo correcto y no se permite expresar sus emociones. Trata de encontrar explicaciones místicas a lo que le ocurre y ayuda en los rabinos judíos.
Los Coen utilizan un recurso muy usado en sus películas, que son los sueños. Se sirven de ellos para engañar al espectador repetidamente y hacerle creer que lo que está soñando el personaje es real. Elemento que alarga el metraje y despista. De hecho, cuando intento recordar la película, ya no se exactamente si algunas situaciones eran sueños o eran realidad.
El principio y el final es algo desconcertante. El comienzo es una de esas historias judías que se utilizan para aleccionar a los fieles. Que si se elimina de la película, al menos aparentemente, no afecta en absoluto, porque está ambientado en otra época, en otro lugar geográfico y no guarda absolutamente ninguna relación con la historia que nos están contando. Es más, funciona como cortometraje, más que como comienzo.
El final, aunque se pueda llegar a entender qué ocurre, no se entiende nítidamente qué es lo que los Coen quieren decirnos con la historia. Después de 1h 45 minutos de ritmo lento como he mencionado anteriormente, te quedas más o menos igual que al principio. No se si la intención es hacernos pensar y llegar a nuestras propias conclusiones. Si esto es así, creo que no se dan los elementos necesarios para llegar hasta ese punto. O es que quizá necesito confrontar la película con alguien que también la haya visto. Me aferraré a este punto para darle un voto de confianza.
Antes de terminar, me gustaría hacer mención especial a la fotografía de Roger Deakins (Revolutionary Road, No es país para viejos), transmite limpieza y sobriedad.